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Ezkioga: las apariciones de la Virgen en la II República

 


 

Durante la Segunda República, los montes guipuzcoanos se convirtieron en un enclave de peregrinación para miles de personas venidas desde los más recónditos lugares de la geografía española en busca del milagro. La política, la milagrería, la religiosidad, lo sobrenatural e inexplicable se unieron en un batiburrillo que desembocó en una represión sin precedentes por parte de la Iglesia y el Estado. Allí, más de un centenar de elegidos -que acabaron sus días en prisión, manicomios y fusilados junto a sus seguidores- entraban en trance, levitaban, hablaban en otras lenguas, sufrían estigmas y vaticinaban el futuro ante la multitud. Las apariciones marianas que tuvieron lugar en Ezkioga son, además de un episodio que marcó la historia política, religiosa, social y sobrenatural del p  asado siglo XX, un tema tabú.

 

 

Ezkioga1Son pocas personas las que hoy acuden hasta el lugar. Un pequeño muro pétreo, una cruz de madera y una decena de cirios encendidos alrededor de un improvisado altar, son parte del recuerdo de lo que en los parajes guipuzcoanos aconteció durante la Segunda República. Y todavía hoy, recorrer este paraje supone revivir los prodigiosos sucesos religiosos que aun permanecen rodeados de interrogantes, envueltos por el silencio y desterrados de la memoria de los habitantes.

 

¿Qué ocurrió realmente en esta pradera vascuence? ¿Investigó la Iglesia el caso? ¿Intervinieron los parlamentarios de las Cortes Generales? ¿Fue todo un montaje? ¿Se produjeron  sucesos inexplicables? ¿Cómo acabó todo?

 

Hoy, nadie parece querer recordar aquellos tiempos que para muchos fueron aciagos. Y que comenzaron el día en que dos jóvenes -Antonia y Andrés Beractartúa, de once y siete años de edad respectivamente, e hijos del dueño de uno de los bares de carretera cercana a la localidad de Ezkioga- pudieron observar una figura resplandeciente merodeando por un huerto de manzanos durante la madrugada del 29 al 30 de junio de 1931.

 

Un encuentro en el que los adolescentes se toparon con lo imposible. Con “alguien” que no era de este mundo. En el que no recibieron ningún mensaje o entraron en trance alguno pero que les dejó paralizados y sobrecogidos. Una manifestación que ya se había producido nueve días antes y de la que fue protagonista Ignacio Galdós, concejal de Ezkioga.

 

“Venía yo, con un tronco grande de árbol tirado por los bueyes. Como el terreno está lleno de precipicios, rodó el tronco y, con él, arrastró por delante a los bueyes y a un hijo mío llamado Isidoro. Al no ver a mi hijo, ni a los bueyes, creía que habían muerto y bajando, asustado, vi a una señora que sostenía al buey de un cuerno y del hocico, mientras mi hijo, ya fuera de peligro, estaba de pie tranquilo pero aturdido -explicó el edil a la prensa de la época-. Esta señora, que supe que era la Virgen, vestía de negro con unos rosarios que colgaban de la muñeca derecha. El velo era negro, con corona de cinco estrellas, que iluminaban como el Sol. Como es natural dije lo ocurrido a algunos, pero como no me hicieron caso y se reían y burlaban, callé”

 

No tardaron en correr los rumores sobre las insólitas manifestaciones entre los paisanos. Las peregrinaciones de gentes venidas de toda la comarca y la sucesión de portentos y prodigios y testimonios de lo imposible.

 

Hasta los prados -propiedad de Juan José Echezarretea- acudían cientos de fieles en masivas romerías movidos por la fe y un desesperado auxilio en un tiempo marcado por las penurias. Aquel paraje aparatado de las grandes ciudades donde el desarrollo industrial crecía a pasos agigantados, acabó transformándose en el punto de reunión de creyentes y curioso bajo la tutela religiosa del capellán de Zumárraga, de gran influencia en la diócesis guipuzcoana, Antonio Amundarín.

 

El sacerdote, que había tenido conocimiento de las visiones cuando una de sus amas de llaves le relató las habladurías que corrían por los caseríos, emprendió la búsqueda de los elegidos, agrupó a sus adeptos y coordinó la organización de peregrinaciones así como la difusión de los milagrosos hechos que estaban teniendo lugar con todo detalle en boletines y panfletos.

 


Milagros a la carta

 


La fe, lo celestial y lo divino se vio reforzado más si cabe con la llegada de cronistas y periodistas al lugar. Los cronistas del periódico El Pueblo Vasco fueron los primeros en dar a conocer la emoción contenida y los portentos que estaban produciéndose cada tarde.

“De los miles de personas que acuden a Ezkioga -rubricaron en los reportajes escritos-, hay bastantes cuyos temperamentos excitados, ya por cuanto oyen y leen, se encuentran en una extraordinaria impresionabilidad que les dispone al pasmo o al desvanecimiento en cuanto se acerca -en medio de aquella impresionante expectación religiosa- la hora casi fija que se ha señalado como propicia a la aparición. Así pues, con estas especiales circunstancias, no ha de faltar a diario media docena de personas que caigan en un trance y asegurasen haber visto a la aparición”

 

Ezkioga2Los prodigiosos capítulos que originariamente estaban protagonizados por una veintena de adultos, transcurridos unos meses, eran experimentados por más de un centenar de “dotados”. Todos vislumbraban extasiados al mismo ser angelical que se presentó a los muchachos bajo, como afirmaron los sacerdotes, la advocación de Dolorosa, dando “señal divinas” y Comunicados con un mensaje catastrofista.

 

Los numerosos videntes gozaron de notable prestigio ante la opinión pública, sobre todo por el aval y testimonio de distintos reverendos que, movidos por la curiosidad -entre los que se encontraba el mencionado anteriormente Antonio Amundarin, párroco de Zumárraga-, pudieron observar como lo divino se hacía realidad.

 

“Hay recogidos por nosotros y examinados por médicos y sacerdotes, unos sesenta casos –rubricó Amundarín-. De ellos, la mitad, puede decirse, se rechazaron de un sumarísimo examen, bien por la constitución física de los declarantes o por su estado de nervios. Pero hay otros que nos preocupan intensamente, pues ofrecen extraordinaria sensación de realidad”

 

La intensa afluencia de gente no hizo sino crecer a medida que transcurría el tiempo. Todos querían ser espectadores de los éxtasis, escuchar los mensajes de salvación y esperanza o ser curados de sus enfermedades. Las gentes se agolpaban para poder contemplar como los iluminados caían en trance sobre las tablas de madera bajo la humilde techumbre erigida que hacía las veces de improvisado templo en el mismo punto donde la Inmaculada había aparecido.

 

Los reporteros gráficos inmortalizaban tensos gestos, hieráticos rostros, ojos en blanco, cuerpos inmunes al dolor y movimientos compulsivos imposibles de realizar por cualquier ser humano. Escenas que avivaron la atmósfera milagrosa, cautivaron a la sociedad y aumentaron la difusión de los prodigios que tenían lugar en una olvidada y perdida aldea por todos los rincones de nuestra piel de toro.

Pero pronto cambio todo. A medida que fueron creciendo el número de videntes y seguidores, se produjo una transformación espiritual-social. La Virgen, poco a poco y a través de sus misivas, parecía mostrar una oposición a la Segunda República, lo que conllevó que elegidos, crédulos y medios de comunicación se posicionaran en ideas políticas que nada tenían que ver con lo divino y de esta forma se reavivaran las diferencias en los medios de comunicación.

 

Nadie se preguntaba qué clase de estados alterados padecían los elegidos. Nadie se interrogaba cómo era posible que fueran capaces de obrar todo tipo de portentos. Nadie, absolutamente nadie, se planteaba si era real o no lo que experimentaban y contemplaban.

Todos los incondicionales veían en ellos una evidencia del cielo. Cada milagro o mensaje se traducía como una prueba, una afirmación de su correcta postura bajo los ojos de la fe y a esperanza de ante la miserable situación social, económica y política que estaban viviendo.

“Las visiones de Ezkioga ocurrieron durante un periodo de entusiasmo en el seno del catolicismo en el que, frente al racionalismo, los devotos habían llegado a creer que la antigua fuerza se hallaba al alcance de la mano, que los milagros acreditados eran plenamente posibles y que los seres sobrenaturales resultaban más fáciles de ver -escribió William A. Christian Jr en su obra Las Visiones de Ezkioga-. La amenaza de la república secular puso en acción esta energía devocional acumulada en la gente del norte. Decena de miles de personas concentraban intensamente aquella fuerza en los videntes”

 

Más de veinte mil personas acudían cada semana para escuchar los comunicados celestiales que más de un centenar de individuos -tanto locales como venidos desde Barcelona, Madrid, Navarra o Toledo- que afirmaban tener relación directa con la Virgen y que protagonizaban escenas que escapaban a la lógica y a la razón intentando demostrar que ellos eran los auténticos elegidos.

 

Hombres, mujeres y niños marcaron aquellos días de fe y devoción en los que algunas manifestaciones fueron parte de la farándula y la picaresca y en donde, otro muchos, aún rompen los conceptos de la razón.

 

Nombres y apellidos como el de Ramona Olazábal, quien contaba con quince años de edad cuando tuvo su primer trance y cuyas manos sangraron ante más de 20.000 personas -el 16 de julio de 1931-, y que según los doctores Doroteo Gaurriz y Luís Azcue -miembros del tribunal eclesiástico que estudio el caso- fueron producto de autolesiones de la muchacha con un hoja de afeitar.

 

Los trances de Benita Aguirre, quien tuvo su primera experiencia el 12 de julio de 1931 con nueve años de edad. Su rostro -inmortalizado en fotografías en blanco y negro- sigue generando la misma inquietud y asombro. Ojos en blanco, completamente abiertos y con la mirada perdida en el infinito mientras pasaba los diferentes exámenes y pruebas médicas en las que se mostraba inmune al dolor cuando le clavaban agujas y quemaban con velas diferentes partes de su cuerpo.

 

Las experiencias que la burguesa María Dolores Núñez, la primera vidente cuya imagen salió en los medios de comunicación, realizaba cuando caía en un estado místico, fuera de sí, absorta y que pronto fue relegada al olvido ante el auge de dotados más espectaculares.

El protagonismo que acaparó María Recalde, natural de Zenarruza en Vizcaya, quien para muchos era una auténtica elegida, de gran vitalidad y extremadamente generosa siempre pendiente de ayudar a todo aquel que se acercaba a ella. O, el alto y enclenque, Cruz Lete, uno de los pocos elegidos que afirmaba ver a Cristo, cuyos mensajes estaban marcados claramente por lo político y profético.

 

La situación entre los santones y los seguidores se desbordó cuando Francisco Goicoechea, alias Patxi, anunció una gran tragedia a los fieles el 7 de julio de 1931. Al conocido como “mozo de atún”, hijo de arrendatarios de un caserío, que llegó a levitar en varias ocasiones ante la multitud y obrar curaciones imposibles, que pasó de viajar con chofer a la campa para peregrinar por la noche al amparo de la oscuridad tras la expresa prohibición de las autoridades eclesiásticas, no le tembló la voz cuando emitió un fatal comunicado.

“Habrá una guerra civil entre católicos y no católicos en el País Vasco -reveló Patxi, “el mozo de atún” a la multitud-. Al principio los católicos sufrirán seriamente y perderán muchos hombres, pero al final, triunfarán con la ayuda de los 25 Ángeles de Nuestra Señora”